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La Caída del Primer Templo    

La Caída del Primer Templo



Desde las altas murallas podía observarse el numerosísimo ejército. Los babilonios parecían como un panal de abejas...

 



Un duro sitio
 

En el noveno año del reinado de Tzidkiahu, el décimo dia del mes de Tevet, se estableció el sitio a Jerusalén. Desde las alturas de las murallas podía observarse el numeroso ejército, verdaderamente incontable. Los babilonios aparecían como un panal de abejas; cada cual ocupado en sus tareas especificas. Rodearon la ciudad y erigieron catapultas a fin de voltear las murallas con mayor facilidad.

Tres años y medio se prolongó el sitio a Jerusalén. Cada día Nevuzaradán rodeaba la ciudad e intentaba nuevos métodos para derrumbar las murallas aunque sin éxito alguno: no logró voltear los muros ni conquistar la ciudad. Mientras Nevuzaradán consideraba la posibilidad de regresar, Hashem puso en su mente una idea: medir la altura de las murallas de la ciudad. Para su sorpresa, descubrió que las murallas encogían su altura cada dia ¡esto era, sin duda, producto de la mano divina! La intención era entregar Jerusalén en manos enemigas. Una gran alegría invadió a Nevuzaradán al descubrir lo que sucedía con los muros, y con renovada esperanza fortificó el sitio a la ciudad.
 
Víctimas del hambre y la sed
 
Jerusalén se encontraba encerrada: nadie podía entrar ni salir de la ciudad. Dentro de los muros el hambre crecía cada día. Los habitantes de Jerusalén ya habían vaciado completamente sus depósitos. Igualmente, las hierbas silvestres comestibles ya hablan sido recolectadas. También el pan escaseaba, y junto con éste los demás alimentos. Los habitantes de Jerusalén intentaron entablar conversación con los soldados de Nabucodonosor.
 
Desde las alturas gritaban a los enemigos: "Soldados caldeos, tenemos una propuesta para hacerles. Si nos entregan pan, les bajaremos a cambio canastas repletas de oro". Los soldados aceptaron la propuesta. Al dia siguiente, los habitantes de Jerusalén hicieron descender de las alturas de la muralla una canasta repleta de oro. Los soldados enemigos vaciaron la canasta y la llenaron de trigo, el cual fue molido, preparado y comido por los hebreos.
 
Transcurridos algunos días los habitantes de Jerusalén volvieron a descender una canasta repleta de oro, y nuevamente los hombres de Nabucodonosor la vaciaron y la colmaron con cebada. Los israelitas subieron la canasta, prepararon los granos y se alimentaron durante varios dias. La tercera vez los soldados tomaron el oro y colmaron la canasta con paja. La cuarta tomaron el oro y devolvieron la canasta vacía. Notando los israelitas que los babilonios los engañaban y sólo pretendían la plata y el oro, interrumpieron este sistema de intercambio.
 
Mas el hambre azotaba terriblemente a la ciudad. También el agua escaseaba. El sufrimiento de los habitantes de Jerusalén comenzó a tornarse insoportable. Ahora descubrían los israelitas la veracidad de las palabras del profeta Irmiahu en la Megilat Eijá. Ciertamente Jerusalén aparecía como una ciudad fantasmal. Un silencio absoluto y cortante habitaba sus callejuelas.
 
Cientos de cadáveres, producto del hambre y la sed, se encontraban desparramados por la ciudad; nadie tenla fuerza de enterrarlos. Un hediondo olor invadía el aire. Los que aún no habían muerto de hambre marchaban sigilosos como sombras, deambulando sin rumbo fijo como perros hambrientos buscando comida en los rincones. Revisaban los tachos de basura. Otros se acostaban en la entrada de sus casas, desalentados, aguardando su muerte segura.
 
Una mujer de Jerusalén dijo a su marido llorando: "¡Por favor! Elige la mejor de mis joyas y compra en el mercado un pedazo de pan. Por favor, sólo un trozo de pan". Conmovido ante el pedido de su esposa, el hombre eligió la más bella de sus piedras, y se dirigió al mercado con la intención de comprar un pedazo de pan para calmar el hambre de su esposa y su hijo. Durante largas horas deambuló por las calles de la ciudad sin encontrar ni un solo un pedazo de pan duro. Golpeado por el desaliento y la decepción, fue presa de un fuerte mareo que lo arrojó muerto sobre la tierra. Con suma impaciencia la mujer aguardaba la llegada de su esposo. Al notar su demora, dijo a su hijo: "Sé valiente, mi hijo, y busca a tu padre". El hijo hambriento emprendió la búsqueda. Al encontrar a su padre, muerto, se arrojó sobre el cuerpo inerte, y mientras lo abrazaba fuertemente perdió también su vida.
 
El sufrimiento provocado por el hambre y la sed era compartido por los habitantes de Jerusalén. El hambre no distinguía entre pobres y ricos. Ni siquiera a cambio de plata y oro era posible conseguir comida en la ciudad.

Uno de los hombres más ricos del lugar, poseedor de una gran fortuna, llamó a su sirviente y le dijo: "Toma toda mi plata, mi oro y mis piedras preciosas y consígueme un poco de agua para calmar mi terrible sed". El sirviente tomó plata, oro y piedras preciosas del tesoro de su amo, y marchó con la intención de comprar agua. Al notar que su esclavo demoraba, el millonario subió al techo de su espléndida mansión para observar qué sucedía con su enviado. De pronto vio que retornaba con la vasija vacia en su mano. El rico gritó amargamente a su sirviente: "Rompe esa vasija ¿qué utilidad tiene si esta vacia?". El sirviente cumplió el pedido de su amo y rompió la vasija en cientos de pedazos. Entonces el hombre rico saltó del techo de su mansión sobre la vasija destrozada, y su cuerpo se quebró completamente ante la severidad del impacto.
 
Durante dieciocho meses se prolongó la hambruna en Jerusalén, período en el que tampoco cesó el enfrentamiento entre los soldados de Iehudá y los de Nabucodonosor. Muy especialmente se destacó la valentia de Avika ben Gavtari, quien subió a la muralla y exclamó: ¡Quien esté a favor de Jerusalén y de su Templo que me siga!". Al escuchar su convocatoria, numerosos valientes de Israel lo siguieron y enfrentaron al ejército babilónico.
 
A pesar de su hambre y su debilidad, lograron provocar numerosas bajas en las filas enemigas. Los soldados caldeos arrojaban incontables flechas en dirección de Avika, mas éste las atrapaba con sus enormes manos y las arrojaba nuevamente al corazón de los enemigos. De este modo cayeron muchos de los soldados que sitiaban la ciudad. Mas el hambre y la sed determinaron el destino de los habitantes de Jerusalén. La oposición de los israelitas se debilitó, las murallas de la ciudad fueron volteadas, y de este modo logró ingresar a Jerusalén el poderoso enemigo...

 
- Selección extraída del libro "Jerusalem de Oro", Ed. Jerusalem de México -
 
(Con la amable autorización de www.tora.org.ar)




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