15 Siván 5779 / martes, 18 de junio de 2019 | Parashá Semanal: Sheláj Lejá
 
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Cuatro hijos, todos en la mesa    

Cuatro hijos, todos en la mesa



Por esa época, yo tenía diez u once años. Era el primer día de Pesaj y yo había ido con mi padre a la sinagoga...

 



Por esa época, yo tenía diez u once años. Era el primer día de Pesaj y yo había ido con mi padre a la sinagoga conservativa del barrio para los servicios de Pesaj. Papá no era para nada religoso, porque su padre ya había abandonado el judaísmo religioso cuando se escapó de los pogromos de Ucrania para ir a Canadá, pero sí tenía un alma judía muy cálida. Él amaba a cada judía, respeta a los estudiosos de la Torá y constantemente daba caridad. Por afuera parecía un chico duro que se había criado en un barrio bajo y de un veterano de la Segunda Guerra Mundial, pero por debajo tenía el corazón más blando del mundo. El solo hecho de ver un bebé enfermo le traía lágrimas a los ojos. Al ver a un pobre, se le partía el corazón. Pero cuando alguien hablaba mal de los judíos, le ardía la sangre!

 

Dos hombres sentados detrás de nosotros tenían dificultad en cuidar la lengua durante la lectura de la Torá. Tal como dicen nuestros Sabios, una transgresión lleva a la otra. Su conversación se iba poniendo cada vez más molesta, porque además de hablar durante la lectura de la Torá, que ya de por sí es una transgresión, estaban hablando mal de grupos enteros de judíos.

 

El hombre con el ridículo peluquín dijo: “Ay… yo no soporto a los ortodoxos; son un montón de fanáticos intolerantes que se piensan que son mejores que todos los demás”. A mí el del peluquín me hacía reír, pero papá no estaba de humor para chistes. Yo ya veía que una vena se le estaba saliendo en la frente. Oh oh….

 

El compañero del Sr. Peluquín, que llevaba un traje de piel de tiburón, dijo: “A mí los ortodoxos no me molestan tanto. Apenas si los veo, de tan pocos que son. A mí los que me molestan son los reformistas. ¿De dónde se piensan que tienen derecho a dividir el judaísmo en dos?”. Mientras tanto, el Sr. Piel de Tiburón en su suprema santidad no dejaba de mirar a la rubia oxigenada de pollera bien ajustada y escote pronunciado que estaba sentada a su costado.

 

El Sr. Peluquín continuó con su diatriba, disecando a los ortodoxos como si fueran una rana en el laboratorio de biología: “Los lituanos son unos snobs; los jasídicos se quedaron estancados en la Edad Media; los rumanos son unos ladrones; los polacos son unos insensibles y los sefaradíes son unos….”.

 

Piel de Tiburón interrumpió a Peluquín: “… ninguno de ellos es tan malo como los charlatanes neoyorquinos…”.

 

A esta altura, el Rabino ya estaba pidiendo silencio: “Shhhhhh!!!!”. El cantor, uno de mis favoritos que era un sobreviviente del Holocausto proveniente de Lituania, dejó de leer la Torá porque no podía alzar más la voz.

 

La sangre de papá llegó al punto de hervor. Ahora papá iba a tomar el asunto en sus manos.

 

Con un suspiro rugiente que dejó emitir entre sus dientes apretados, les dijo: “Ustedes dos, chismosos, son peores que Hitler. Él no discriminó entre un judío y otro. Ellos fueron quemados todos en los mismos hornos. Entonces qué se piensan – todos los judíos del mundo son una porquería excepto ustedes dos?”

 

 

Yo sé que ellos se morían de ganas por responderle, pero al ver el fuego que le salía de los ojos y la mandíbula protuberante, decidieron que sería mejor dejar las cosas así. Entonces ambos se pusieron de pie y salieron. Nadie excepto yo y tal vez la rubia oxigenada oyeron lo acontecido pero toda la congregación se sintió muy aliviada cuando estos dos molestos se fueron. El rabino sonrió y el cantor prosiguió

 

Mi papá me enseñó dos grandes lecciones de vida: amar a cada ser humano, y en especial a tu hermano judío, y dar toda la caridad que puedas. Esas fueron las dos guías de mi vida.

 

Gracias a lo que aprendí de mi papá, la Hagadá adquiere ahora un sentido mucho más profundo.

 

Al hablar de los Cuatro Hijos, la Hagadá dice: “La Torá habla de cuatro hijos: uno es sabio; uno es malvado; uno es simple y uno no sabe cómo preguntar”.

 

Los cuatro están sentados a la mesa de Pesaj del padre. Ninguno fue expulsado, ni siquiera el malvado. El padre obviamente sabe lo que enseña Rabí Najman de Breslev, que no existe la desesperación en el mundo. Él le responde a cada hijo de acuerdo con su nivel individual. Él sabe que con amor, comprensión y aceptación, todos retornarán a Hashem. Es solamente cuestión de tiempo. No “si” sino “cuándo”. Hashem finalmente hará que todos Sus hijos pedidos retornen a Él (Samuel II, 14:14). Por eso, si molestamos a Hashem hablando mal de Sus hijos perdidos, estamos ciertamente cometiendo una gran falta.

 

La limpieza empieza en casa, tanto en lo físico como en lo espiritual.

 

Que Hashem bendiga a todos con un Pesaj muy significativo y feliz. Amén!





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