17 Iyar 5779 / miércoles, 22 de mayo de 2019 | Parashá Semanal: Bejukotáy
 
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Una Carta a Jerusalén    

Una Carta a Jerusalén



Hasta que no viví dentro de ti, Jerusalén, me da no aprecié verdaderamente tu valor. Ahora que te amé y te perdí, he aprendido...

 



Hasta que no viví dentro de tu abrazo, Jerusalén, me da vergüenza decir que no aprecié verdaderamente tu valor. Ahora que te he amado y te he perdido, he aprendido que me diste el más bonito regalo de despedida que existe…

Querida Jerusalén
:

Tú no sabes quién soy yo (¿o sí?), pero yo tuve el privilegio de vivir dentro de tus sagradas fronteras durante los últimos cuatro años. Estos cuatro años han sido los más memorables y tal vez los más tumultuosos de toda mi vida, porque son los años en que me acerqué a HaShem, en que emprendí mi viaje hacia Él.

Todo comenzó contigo, querida Jerusalén. Una visita al Muro de los Lamentos para un bar mitzvá de una familia no religiosa, una cabeza apenas cubierta, mi marido rezando el rezo matutino, mi súplica llena de lágrimas de poder sentir algo. ALGO. Cualquier cosa, mientras estaba rodeada de turistas y personas locales de todos los colores y todas las tendencias meciéndose, susurrando, llorando o simplemente parados llenos de temor y reverencia. ¿Por qué yo no sentía lo mismo?

Y entonces sucedió. Tus antiguas piedras se despertaron ante mi sentido deseo de formar parte, y cobraron vida para mí tal como lo hicieron para tantos millares de personas a lo largo de tantos años. Tu superficie lisa y fresca se fue calentando con mi aliento cuando yo también me uní a los montones de personas susurrando, sintiendo, llorando, de pronto SABIENDO con absoluta certeza que la Presencia Divina, la Shejiná, estaba exactamente allí mismo. No quería irme.

Oh, Jerusalén. Tú estabas escuchando. A los pocos meses nos habíamos mudado al centro del Universo: la Vieja Ciudad de Jerusalén. Por una de esas extrañas e irónicas vueltas de la vida, yo, de todas las personas empecinadamente intelectuales, acabé llegando nada más ni nada menos que al Palacio del Rey. Fue algo Celestial… pero no habría de durar mucho.

Durante un año muy intenso, se nos concedió residencia en el lugar más espiritual de toda la tierra. Los paseos en Shabat al Kotel con nuestros hijos; dar vuelta por los callejones para ir a comprar pan y leche; recorrer a diario tus antiguas calles… todos estos placeres diarios eran probablemente demasiado para alguien como yo.

Pero el punto máximo, el zenit supremo que no tiene comparación, fue sentarme en medio de los cientos de miles de personas en Tishá BeAv, como alguien que había retornado y ahora vivía dentro de tus murallas. ¿De qué modo uno expresa gratitud por haber merecido residir en Jerusalén, cuando a tantos otros, tanto más meritorios y merecedores que uno,  se les negó tal privilegio?

Ah… Jerusalén. Después de un año tan exaltado, tuvimos que abandonar tu matriz, esta incubadora espiritual, juntas todas las enseñanzas que habíamos aprendido y cortar el cordón umbilical para ingresar a la vida en tus suburbios. Arrojados casi por la fuerza y por una clara Intervención Divina al barrio más famoso de todos, comenzamos la Segunda Etapa de la vida jerosolimitana: la vida en Mea Shearim, el principal barrio religioso de la Ciudad Nueva.

Si irnos de la Ciudad Vieja había sido traumático, debo decir que nada me había preparado para mi primer Tishá BeAv fuera de tus murallas históricas. Fue algo traumático por el hecho de que había hecho una pausa para pensar en ti hasta que el día de duelo llegó encima. Una hora de plegaria personal trajo un torrente de lágrimas, pero esta vez de verdadero luto, ya que no vivía más en el Corazón del Mundo.

Y ahora, mi amada Jerusalén, después de tres años y de tres niños más nacidos en Jerusalén, me siento a escribirte esta misiva desde mi nuevo hogar, en el centro físico del país. Han pasado tantas cosas y tantas cosas han llegado a su punto final. Pero los cambios son inmensos, enormes.

Jerusalén, nuestro hogar y nuestra alma, debo decirte que te di por sentado. Por más que quería quedarme dentro de tus fronteras, debo admitir que no oré lo suficiente y ahora HaShem tiene otros planes para mí. Pero no puedo permitirme caer en la tristeza y en la depresión por eso, porque ¿quién conoce los caminos de HaShem? Pero este próximo Tishá BeAv nuevamente lloraré por ti, y por mi reciente pérdida.

Sin embargo, ahora empiezo a ver todo esto como un beneficio, porque haber saboreado tu dulzura, Jerusalén, haber vivido y respirado tu santidad, aún dedicándome a actividades seculares, me llenó de un espíritu más profundo de lo que debió haber sido perderte, para todos nosotros. Tishá BeAv tendrá para siempre un sentido más profundo para mí, puesto que te he perdido dos veces: una vez hace ya miles de años, durante otra vida, y otra vez, hoy.

Hasta que no viví dentro de tu abrazo, Jerusalén, me da vergüenza decir que no aprecié verdaderamente tu valor. Ahora que te he amado y te he perdido, he aprendido que me diste el más bonito regalo de despedida que existe, y que yo he de atesorar para mí misma y tal vez comparta con los demás al escribirte esta carta.

El regalo de llorar tu destrucción.

Con amor y lágrimas,

Yehudit Levy.
Tu ex residente.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 





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  2 Comentarios del visitante:    Ver todos los comentarios  
  1.
  Una carta a Jerusalem por Yehudit Levy
Valeria Samara02/07/2013 21:24:04
     
 
  2.
  QUE HERMOSO MENSAJE.
LEONA30/06/2013 20:39:47
     
 

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