16 Iyar 5779 / martes, 21 de mayo de 2019 | Parashá Semanal: Bejukotáy
 
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A La Luz del Shabát - Tetzave    

A La Luz del Shabát - Tetzave



No podemos saber el efecto que producimos en nuestro compañero cuando le regalamos un saludo de todo corazón…

 



No podemos saber el efecto que producimos en nuestro compañero cuando le regalamos un saludo de todo corazón
 
La humildad, fuente de Sabiduría
 
“Aceite de oliva puro, aplastado para la iluminación…” (- de la Parashá) 

La historia que relataremos, fue contada por Rab Toisig. 

Es posible que ustedes piensen que es una narración imaginaria, incluso, muchos se sonreirán y dirán que se trata de una fantasía, pero conocemos la fuente, y garantizamos su credibilidad.
 
En Jerusalén vivía un judío que falleció hace 18 años.
 
Un hombre merecedor de todo título honorífico que queramos darle. Su nombre era Rab Mendel Geftner, poseedor de grandes cualidades, cuya capacidad de hacer favores no tenía límites. Lo podemos admirar, y tomar ejemplo de él por sus conmovedoras plegarias, y sobre todo por su entrega a la Torá.

Vivía en Mea Shearím, y cuando caminaba por la calle y pasaba a su lado un niño, no esperaba a que este lo saludara, sino que se adelantaba a hacerlo él mismo diciéndole:

-“¡Buen día, dulce niño!”

Cuando él saludaba: -“¡Gut Shabes! (feliz sábado), no decía ´Gut Shabes´ nada más. Decía: -¿Cómo estas?, ¿Está todo bien en casa?
 
Rab Mendel Geftner iba todos los días a rezar al Shtiblaj (lugar de oración, donde hay quórum para rezar muchas veces en el día) de Mea Shearím.

Un día pasó a su lado un hombrea quien nunca había visto en su vida, y al pasar junto a él, como era su costumbre, con su cara iluminada por una franca sonrisa lo saludó: -“¡¡Buen día, apreciado judío!!”.

El hombre, que caminaba cabizbajo, absorto en sus pensamientos, se sobresaltó y se quedó pensativo diciéndose a sí mismo: -“Quién sabe es mi tío y no lo conozco, a lo mejor es pariente mío y no estoy enterado”... 

-“Buen día”, le respondió desganadamente y siguió caminando.

También Rab Mendel siguió caminando y entró al Shtiblaj, se vistió su Talit, su Tefilín, y comenzó su plegaria con gran emoción y sentimiento.
 
En medio de la oración, observó que el hombre que había saludado hacía unos momentos daba vueltas a su alrededor. 

Pasó un minuto… Pasaron dos… Como no podía interrumpir la Tefilá (plegaria), le hizo una seña preguntándole si lo necesitaba.

-“Sí”, le contestó. Rab Mendel le indicó con otra seña que lo esperara. Terminó su plegaria, se saco los Tefilín, y se acercó al hombre.

-Sí, estimado judío, ¿en qué te puedo ayudar?

Sin poder contenerse más, el hombre estalló en llanto:
 
“Rab Mendel, debes saberlo: ¡Mi vida no es vida! ¡Los sufrimientos materiales y espirituales son insoportables! Sustento no hay… en casa hay paquetes y paquetes de sufrimiento ¡Que HaShem los cuide!”

“Debes saber, Rab Mendel”, continuó este pobre hombre, “que ya dejé una nota en mi casa en la que pedía que nadie se sorprenda por el paso que di, y estaba en camino al edificio del ministerio de educación, para terminar con mi vida” (quien visite Jerusalén, podrá observar que al final del barrio de Mea Shearím, en la calle Shivte Israel, hay un edificio enorme que pertenece al Ministerio de Educación. Un edificio muy alto…). 


“¡¡Ya no puedo más!!... 

Pero pasé por aquí, ¡y tú me saludaste: “Buen día, apreciado judío”! 

Seguí mi camino, y luego de unos pasos comencé a pensar. No sabía quién eras, pero pregunté y me dijeron que eras Rab Mendel Geftner. Hasta ese momento yo sentía que no había nadie en este mundo a quien le importara algo de mí, ¡y un anciano, que ni siquiera me conoce, me dijo con una sonrisa desde el corazón: ´buenos días, apreciado judío´!

Llegué hasta el edificio, me detuve allí, y me dije: un momento! Dejé una nota en mi casa diciendo que a nadie en el mundo le importaba de mí, y no es cierto. Hay una persona que no te conoce, y que te saludó con tanto interés. ¡Entonces hay alguien a quien le importa de ti! 

Debes saberlo: en ese momento decidí volver hacia atrás en el paso que iba a dar, y venir hasta aquí para decirte que "Quien salva una vida, salva al mundo entero"”.
 
Rab Mendel, conmovido por la historia, encargó a sus allegados que se ocuparan de solucionar las urgencias relativas al sustento de esta familia, se interiorizaran de sus problemas y los asistieran en lo que fuera necesario. 

En la actualidad este hombre, vive rodeado por muchos hijos, los cuales le han dado muchos nietos, algunos de los cuales ya están en edad de casarse…, gracias a sólo dos palabras: “buenos días”.
 
Nos cuenta la Parashá, que HaShem le indicó a Moshé (Moisés) que ordene a Israel que tomen, para el encendido de la Menorá, aceite de oliva puro, que esté bien aplastado. 

A partir de esto nos enseñan los Sabios, que para que la persona pueda acceder al estudio de la Torá y tener el mérito de alumbrar con su Luz, una Luz clara y limpia, tiene que ´aplastarse´ (llenarse de humildad) y a través de esto va a ser digno de alumbrar con la luminosidad de la Tora, que fue comparada a la luz, como dice el versículo en Proverbios (6:23): "Ki Ner Mitzva Ve Tora Or" – “Porque la vela es el Precepto y la luz es la Torá”.

Una de las motivaciones que nos impulsa a saludar a nuestros compañeros con alegría sincera, esa que sale directamente del corazón y se convierte en una amplia sonrisa, es la posibilidad que tenemos de adquirir la cualidad de humildad, que nos ayuda a amar a nuestros semejantes, a ponernos contentos de verlos, a disfrutar con sus éxitos, con sus logros, y no preocuparnos si nos superan en cualidades, inteligencia o posesiones materiales…
 
No podemos saber el efecto que producimos en nuestro compañero cuando le regalamos un saludo de todo corazón haciéndole saber que estamos felices con que exista, que nos importa… No podemos imaginarnos cuanto le dimos, pero es seguro que algo le dimos…

 

- Extraído y Editado por Maor Hashabat, de la comunidad Ahabat Ajim, Lanus, Argentina. Editor responsable: Eliahu Saiegh-
 
(Gentileza de www.tora.org.ar) 





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