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El mundo entero a mis pies    

El mundo entero a mis pies



"¡Él va a ser nuestro Maradona, nuestro Pelé, nuestro Messi!”, solían decirme por la calle personas que yo ni siquiera conocía...

 



“¡Él va a ser nuestro Maradona, nuestro Pelé, nuestro Messi!”, solían decirme por la calle personas que ni siquiera conocía.  

Cuando yo era joven, era un futbolista con mucho futuro. Ya a los 18 años empecé a jugar en la Liga de Primera División y en mi ciudad natal todo el mundo me conocía. Yo era la gran promesa de la ciudad.

“¡Él va a ser nuestro Maradona, nuestro Pelé, nuestro Messi!”, solían decirme por la calle personas que ni siquiera conocía. En el shopping me paraban para darme la mano. Yo recuerdo que a los 19 se me acercó una mamá joven con su hijo, un chico de ocho o nueve años, y me pidió que lo bendijera para que fuera un éxito en la cancha, igual que yo. ¿Se dan cuenta de lo que les digo? ¡Un chico de 19 años bendiciendo a otro chico! Y yo lo bendije, le dije también que no era seguro que la bendición funcionara, porque no estaba seguro de que Di-s me fuera a hacer caso precisamente a mí, pero la mujer insistió así que lo bendije. Díganme la verdad, ustedes ¿qué habrían hecho en un caso así?

Y no sólo chicos. A veces hasta pensé que yo era el rey de la ciudad. Cuando entraba a un restaurante, me servían comida gratis. En casa todo el tiempo sonaba el teléfono con gente invitándome a todo tipo de eventos: presentaciones de moda, publicidad de productos, fiestas, etc. Y en cada lugar al que aceptaba ir me llenaban de regalos: ropa hasta el techo, teléfonos celulares, televisores. Recuerdo que una vez llegué a la inauguración oficial de un negocio de artefactos de cocina. Los propietarios me suplicaron durante varias semanas que por favor fuera a cortar la cinta roja. Dos días después, mi mamá recibió de regalo un horno último modelo para la cocina.

Yo vivía como en una película.

¿Y las chicas? No me resulta tan grato contarles esto, pero las chicas literalmente se arrojaban a mis pies. Dondequiera que llegara, a cada hora de las veinticuatro horas del día, en mi ciudad y también en las ciudades a las que viajábamos, todas querían aparecer junto con futbolista, fotografiarse con el futbolista. Yo la pasaba rebien, obviamente, y estaba seguro de que esa era la vida que me esperaba por lo menos diez años más: entrenar de mañana, jugar en Shabat y el resto del tiempo, simplemente pasarla bien.

Y entonces, en un partido de entrenamiento, el nuevo defensor del equipo trató de quitarme la pelota. Logré esquivarlo pero me caí sobre la pierna derecha muy mal. No les puedo explicar lo que yo oí ese día: el ruido de un hueso haciéndose pedazos. Fue el ruido más tremendo que oí en toda mi vida.

Me rompí dos huesos en el pie, pero lo peor de todo fue que también me rompí el hueso del muslo y me desgarré completamente una de los ligamentos de la rodilla. Me puse a llorar como un bebé primero en la cancha y después en la ambulancia, hasta que por fin en el hospital me dieron la inyección salvadora que me mandó a dormir. Me desperté después de ocho horas y tres operaciones y de inmediato supe que nunca más iba a volver a jugar al fútbol.

Las primeras semanas, en todos los diarios figuró el accidente que había sufrido: ese fue el tema de la semana. Todos vinieron a visitarme, hasta el intendente vino a verme. Y también futbolistas, entrenadores, celebridades. Todos vinieron, me trajeron chocolate, me besaron, me abrazaron. Todos vinieron y entonces… dejaron de venir.

Me quedé solo. Desde la cúspide me caí al abismo. Era un joven de 20 años que pensaba que todo el mundo estaba a sus pies y que perdió todo el mundo…

La única que continuó llegando fue Miriam, la muchacha de mi grupo juvenil que iba de visita a ver los enfermos del hospital. Y ella también venía solamente porque ese era su trabajo, no porque quisiera estar conmigo. Ella me traía comida, me arreglaba la cama. Me ayudaba a subir a la silla de ruedas para que pudiera ir al baño. Tres meses enteros. Solamente Miriam.

Y no. Ella no era hermosa como las modelos a las que me había acostumbrado. Y además tampoco me traía regalos. Y además ni una sola vez me dijo halagos. A veces incluso me decía que yo era un malcriado que tenía que hacerme responsable de mi propia vida.

Y tal vez precisamente por eso, una semana después de que me dieron el alta en el hospital, la llamé por teléfono. Ella era la única que me había hablado de verdad. La única que había visto al hombre por debajo del futbolista, y que no había tenido vergüenza de decirle lo que pensaba de él, incluso cuando no era lo más simpático del mundo.

Fuimos a comer helado. La gente me señalaba, pero nadie se acercó a hablar conmigo. Todos sentían lástima de la estrella de fútbol que jamás volverá a pisar el césped del estadio. Pero a Miriam todo eso no le importaba y poco a poco, gracias a la conversación sincera y agradable que tenía con esta jovencita, me di cuenta de que a mí también me importaba de ella, a pesar de que todavía extrañaba la cancha.
Dos años después nos casamos y hoy tenemos cuatro hijos y yo soy contador en una importante empresa.

Y mi mamá dice que hoy vivo mejor que antes de romperme la pierna. Y saben qué? A pesar de que hasta el día de hoy me dan ganas de entrar a la cancha y escuchar las ovaciones del público, yo creo que mi mamá tiene razón…


 





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