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Ojos verdes, películas verdes    

Ojos verdes, películas verdes



El autobús se detuvo y subió más gente. Un joven religioso fue hasta el final del autobús y se sentó delante de nosotros...

 



Me subí al autobús 417, el que va desde Ramat Beit Shemesh hasta el centro de Jerusalem. Siguiendo a mis nietos traviesos, fui hasta los últimos asientos y allí nos sentamos todos. Mi nuera Avital terminó de pagar los boletos de todos nosotros y vino a sentarse con nosotros.

 

Mientras el autobús pasaba por los distintos barrios, mis nietos, miraban por las ventanillas.

 

El autobús se detuvo y subió más gente. Un joven religioso fue hasta el final del autobús y se sentó delante de nosotros.

 

Después de unos minutos, mi nuera, que estaba sentado directamente detrás de él, se dirigió a mí con una expresión de horror en el rostro: “Ima”, susurró, “¡este está mirando porno en su teléfono!”.

 

Enseguida pusimos a los niños del otro lado del asiento y nos quedamos sentadas, consternadas. Incluso escribir acerca de esto me da repugnancia. Fue algo horrible…

 

El hombre usaba audífonos, así que no tuve más opción que darle un golpecito en la espalda. Normalmente, yo jamás tocaría a un hombre religioso, pero me imaginé que si estaba mirando lo que estaba mirando, entonces iba a poder sobrevivir a un golpecito en el hombro de parte de una abuela.  

 

Él escondió rápido el teléfono y se hizo el sorprendido.

 

“¿Qué está haciendo?”, le pregunté. Él se me quedó mirando y repitió mi pregunta.

 

“Nada”, objetó.

 

“Mire, nosotras vimos lo que estaba haciendo. ¡Lo vimos!”.

 

Mi nuera perdió la paciencia. “¡Cómo se atreve! ¡¿Cómo es capaz de mirar esa basura en un autobús público en el que viajan niños?! ¡¿Cómo es capaz de mirar esa porquería en público?! ¡Vaya al baño si quiere mirar esa basura!”.

 

 

“Pensé que no había nadie mirando”, respondió avergonzado. Y se nos quedó mirando. Entonces me di cuenta de lo joven que era y de los hermosos ojos verdes que tenía. Pero usaba sus hermosos ojos para mirar toda esa suciedad que lo estaba consumiendo vivo. Al verlo, se aplacó mi ira.

 

Quién sabe por las cosas que pasó en la vida, pensé. Quién sabe qué fue lo que lo llevó a esta situación tan patética. Sea lo que fuere, no era algo bueno.

 

“Escucha”, le dije. “Esto es algo muy poco sano. Es algo impuro que te está haciendo un enorme daño, tanto a tu personalidad como a tu alma. Necesitas ayuda. Necesitas ver a alguien que pueda ayudarte con esto. Hay gente con la que puedes hablar. Esto es una adicción”.

 

“Ya sé”, me dijo suavemente. “Ya sé que es malo. Ya sé que necesito ayuda”.

 

Seguimos viajando otros tantos minutos en silencio hasta que el autobús se detuvo. El joven se puso de pie y se fue a la puerta. Yo le grité: “Behatzlajá (buena suerte!)”.

 

Él se dio vuelta y me respondió: “Muchas gracias” y se bajó del autobús.

 

Me quedé un largo rato pensando en ese joven. Me costaba sacarme de la cabeza la imagen que había visto en una fracción de segundo. Es horrible tener eso en mi mente y ni siquiera me puedo imaginar lo que tiene él en la cabeza. Espero que consiga ayuda. Y espero que haya percibido la genuina preocupación que sentí por él.

 

La verdad es que me quedé muy sorprendida por mi reacción. Hace algunos años yo habría estado furiosa. Le hubiera gritado en un rapto de furia y de santurronería. Pero ahora cada vez juzgo menos a la gente. Sé distinguir el bien del mal pero también entiendo a la gente que cae. A esta edad ya conozco los altibajos que uno tiene en la vida.

 

Lo que más sentía hacia él fue compasión. Él obviamente sabe que está mal mirar esas cosas. Estoy segura de que ya pasó por muchas situaciones humillantes. Tal vez sea mejor hablarle suavemente, con amor y respeto. Solamente podemos tratar de despertar el corazón de nuestro prójimo. Pero junto con cero tolerancia para el pecado, un poco de amor hacia el pecador puede ayudarlo a retornar al camino de la salud, la felicidad y la santidad de la vida.





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