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El Vendedor de Tomates de Bagdad    

El Vendedor de Tomates de Bagdad



Irak sufría de una terrible sequía. Durante tres largos años, apenas si cayó una gota de lluvia en Irak. El Sultán convocó al rabino principal de Bagdad, que era un gran sabio, pues Bagdad era famosa

 



En la Parashat Emor, la Torá nos ordena tomar las Cuatro Especies de Sucot – el etrog (cidro), el lulav (hojas de palma), el mirto y el sauce. Según los precios aquí en la Tierra de Israel, un etrog de buena calidad cuesta aproximadamente 200 shekels (56 dólares) o más aún; un lulav perfectamente kasher no cuesta mucho menos que eso. Tres ramas de mirto, tal como lo exige la Halajá (ley judía), también son bastante caras – cuestan aproximadamente 60-80 shekels (17-22 dólares).

Después tenemos las ramas de sauce – dos cuestan aproximadamente 5 shekels, o aproximadamente un dólar y medio; pero sin ellas, el juego está incompleto, y no es apto para el cumplimiento de las Cuatro Especies.

Uno puede preguntarse, y con razón, ¿para qué hacen falta las simples ramas de sauce? Con el etrog tan caro y el prestigioso lulav y las extravagantes ramas de mirto, ¿a quién le hacen falta las ramas de sauce?

Hashem. Tal como afirman los Sabios, las cuatro especies corresponden a las cuatro clases de judíos. El sauce representa al judío simple, que no se caracteriza por su sabiduría ni por actos especialmente meritorios. Sin embargo, ese judío también es el hijo amado de Hashem. Y así como él es parte integrante del pueblo judío, de la misma manera el sauce también es parte integrante y necesaria de las Cuatro Especies.
Nunca subestimen ni al judío más simple, porque el judío simple en realidad no es nada simple, tal como apreciamos en la siguiente historia, que es muy famosa entre los judíos de Irak:

Irak sufría de una terrible sequía. Durante tres largos años, apenas si cayó una gota de lluvia en Irak. El Sultán convocó al rabino principal de Bagdad, que era un gran sabio, pues Bagdad era famosa por sus gigantes de Torá y sus santos. El Sultán miró al rabino a los ojos yle preguntó: “Rabino, ¿por qué ni usted ni los judíos están haciendo nada con respecto a la sequía?”

El Rabino tartamudeó: “Su Majestad, esto es un Decreto Divino. Nosotros rezamos todos los días para que llueva. Incluso hemos ordenado varios ayunos públicos”.

El Sultán hizo un gesto con la mano en señal de burla: “No es suficiente con eso, rabino, y usted lo sabe. Yo soy perfectamente consciente de que su pueblo es capaz de obrar milagros. Y que si así lo desean, pueden invertir un decreto. Por eso, como ‘incentivo’, les doy un plazo de tres días: si después de cumplido el plazo, todavía no llovió, entonces usted y todo su pueblo tendrán solamente veinticuatro horas para irse de Irak. Todos serán exiliados.  Y todo aquel judío que no se vaya al exilio será muerto”. Y con otra señal de su mano, despidió al rabino.

Los pregoneros del barrio judío vaciaron los hogares y los negocios de todos los judíos, convocándolos a una urgente plegaria colectiva en la sinagoga principal de Bagdad. Allí, el rabino dio un ferviente sermón, haciendo que la gente llorara desesperada. ¿Cómo podían irse de su hogar de tantos siglos en Babilonia (hoy Irak), donde habían vivido sus antepasados desde la destrucción del Templo Sagrado? ¿Adónde irían? ¿Qué iban a hacer?

Todos fueron llamados a arrepentirse y a corregir cualquier falta que pudieran haber cometido y necesitara rectificación. Toda la comunidad adulta ayunó durante tres días enteros sin hacer nada excepto orar y estudiar Torá. Los santos kabalistas de la comunidad trataron de invocar la compasión Divina usando distintas combinaciones del Nombre Sagrado de Hashem en plegaria, mas en vano.

A la tarde del tercer día, dos horas antes de la puesta del sol, todavía no había ni rastros de una nube en el cielo de Bagdad.

Al comenzar las plegarias de la tarde, el rabino principal apeló con lágrimas en los ojos a la congregación: “Queridos hermanos, nuestros sabios enseñan que incluso si uno tiene una espada pendiendo sobre su cuello, no debe perder la esperanza”. Obviamente, nuestra Torá y nuestra teshuvá no han sido suficientes para rescindir los crueles decretos y acabar con la sequía. ¿Acaso no hay nadie en la congregación que no haya hecho algún acto especial a fin de invocar la Compasión Divina?”

Desde las últimas filas de la sinagoga, donde suelen sentarse las personas más simples, las más pobres y menos prestigiosas, el viejo vendedor de tomates, Salaj, exclamó: “Rabino, espéreme por favor antes de iniciar el rezo de la tarde. Necesito ir a buscar algo urgente. Enseguida vuelvo!”.

En menos de dos minutos, Salak volvió con su balanza y rápidamente subió al podio y colocó allí la balanza con las pesas de hierro. Entonces miró al cielo y dijo: “¡Amo del universo! Tú sabes que durante todos los años que he sido vendedor ambulante jamás engañé a nadie ni robé un solo gramo. Jamás le cobré a nadie ni  un centavo más de lo que correspondía. Todo el tiempo yo gradúo y chequeo las pesas para que el peso sea exacto. Ellas son verdaderas igual que Tú eres Verdadero. Padre Divino, Tú sabes que yo no soy ningún erudito, porque nunca tuve la oportunidad de estudiar en un colegio. Apenas si me gano la vida, así que tampoco soy ningún filántropo. No tengo ni Torá ni actos sobresalientes. Pero sí conozco los Diez Mandamientos y los he observado siempre con todo mi corazón. Jamás he robado ni obtuve ni una sola moneda en forma ilegal. Mi balanza y mis pesas son mis testigos. Por favor, Padre Compasivo y Misericordioso, si yo no soy nada, por lo menos mis pesas son justas. En aras de ellas, Te pido por favor que nos envíes lluvia y que Te apiades de Tus hijos…”.

Apenas el vendedor de tomates terminó de hablar, los cielos de Bagdad se llenaron de nubes grises y pesadas. Y al rato, torrentes de bendita lluvia habían ya inundado el suelo reseco, salvando así a los judíos.

** *

Nadie en la sinagoga jamás le había prestado atención al vendedor de tomates. Excepto en Simjat Torá, en que todos son llamados a la Torá, jamás se le había conferido el honor de una aliá. Pero sin él, toda la comunidad habría desaparecido, Dios no lo permita.

Esta es la lección de la aravá, del sauce de las Cuatro Especies. Sin él, las otras tres especies no sirven de nada. Por eso, nunca mires al otro, a ese que no tuvo oportunidad de estudiar, pensando que es solamente una persona “simple”. Nadie conoce el valor intrínseco del prójimo. Tal vez se trate de un tzadik oculto en virtud de cual todos viven y prosperan….Y él es tan pero tan humilde que ni siquiera se da cuenta de quién es.

Ojalá todos tengamos el mérito de ser judíos “simples” como este vendedor  de tomates y que todos tengamos un muy feliz Sucot, celebrado en unión y confraternidad. Amén!
 





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  2 Comentarios del visitante:    Ver todos los comentarios  
  1.
  El Vendedor de Tomates de Bagdad
Daniel Leyva29/09/2018 21:17:12
     
 
  2.
  el vendedor de tomate
Rafael Meir Ruiz Shimanc28/09/2018 2:40:45
     
 

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